Al surgir las declaraciones de derechos
humanos, a finales del siglo XVIII, faltaba
incluir en ellas a la mitad de la humanidad, cuando Thomas Jefferson redactaba
la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y los franceses hacían su
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; ya desde el lenguaje
utilizado era excluyente, dejando fuera por lo pronto a las mujeres; contrario
a lo que se piensa la reacción fue inmediata de parte de las pensadoras de ese
tiempo como lo fue Olimpia de Gouges, quien publicó una réplica feminista a la
declaración francesa, la cual se llamó “Declaración de los Derechos de la Mujer
y de la Ciudadana”, en esta, se denunciaba que no existían tales principios
universales como los de igualdad y libertad, pues las mujeres carecían de
derechos políticos, junto con ella se sumaron algunas mujeres y muy pocos
hombres, lamentablemente; a pesar de estos esfuerzos, en la Constitución de
Francia de 1791 se distinguían dos categorías de ciudadanos, los activos
–varones de 25 años independientes y con propiedades-, y los pasivos –hombres
sin propiedades y todas las mujeres sin excepción-. Un año después la Inglesa
Mary Wollstonecraft escribe “Vindicación de los derechos de la mujer”, texto en
donde se expone una sólida argumentación en la defensa de la igualdad de la
especie y como consecuencia, de la igualdad entre los géneros; aunque esto no
sirvió de mucho, debido a que cuatro años después de este último texto llegan
las prohibiciones sobre el ejercicio de sus derechos y quince años después
surge el Código Napoleónico que es tomado como modelo en toda Europa, y en
nuestro país no será excepción. Este
código mantiene y refuerza figuras de desigualdad entre el hombre y la mujer.
En Estados Unidos, con el “Manifiesto
Comunista” se presenta una enmienda a la Constitución, la cual concedía el voto
a los esclavos y negaba expresamente el voto a las mujeres, una vez más vuelven
a ser excluidas. En Inglaterra también está presente la cuestión del voto
fallido, a pesar de serios intentos malogrados por incluir a la mujer en la
vida electoral.
No obstante la lucha que se ha librado a lo
largo de los siglos en la evolución social de la humanidad. En México continúa la
cultura de desigualdad, hasta el día de hoy, ha sido ilusoria la idea de que
los hombres y las mujeres son iguales ante la ley, y ante eso, múltiples son
los intentos de revertirlo, se han presentado un sinfín de iniciativas, por
ejemplo y sólo para ilustrar esto podemos citar la llamada cuota de género en
materia electoral, o bien las transformaciones de las instituciones de los
diversos códigos civiles de los estados. No sólo el gobierno ha sido partícipe
de este cambio de cultura a nivel de los derechos de igualdad de género,
también diversas organizaciones no gubernamentales –llamadas ONG- o
internacionales como la Organización de las Naciones Unidas que ha desarrollado
una campaña llamada HeForShe, la cual es a nivel mundial e incluye un
movimiento solidario para la igualdad de género y su objetivo es generar
conciencia sobre el problema así como incidir en la responsabilidad que tienen
los hombres y niños de eliminar cualquier forma de discriminación y violencia
contra las mujeres y niñas, a través de nuevos modelos de conducta que
propicien un mundo igualitario. En nuestro país el 42% de las mujeres, tienen
una participación económicamente activa y esto acentúa el problema y hace que
las mujeres exijamos el cumplimiento de esa igualdad ante la ley. Falta mucho
por andar, hay que dar más pasos, más firmes, más fuertes, porque la mitad de
la humanidad no puede ser invisible para los derechos humanos.
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